Con porte de tiempo (I)

agosto 24, 2008 at 7:58 am (Historias)

Quería que alguien viniera y me salvara, que me diera una esperanza para sustituir la fuerza que poco a poco se exiliaba de mi cuerpo por el forcejeo. Pero no había siquiera algún zumbido que denotara la existencia de la carretera, ni grillos que ubicaran la noche. Sólo sentía, olía y oía sus dedos en mi cuello; mi cuello, que crujía como buscando eco en la distancia.
En su sombra se hundían los vitrales de mi débil dinastía, y como sirope, sobre un ciruelo amargo, subían ocasionalmente los murmullos del telar de Ángela. Esto cuando miraban los gritos que el año germinaba estadios y que me era posible, tal vez en marzo, escuchar las ramas furibundas del ciruelo recitar unas palabras del mundo y firmar con aguda caligrafía su nombre en el vitral.
Es Ángela -musitaba él, cuando advertía un rubor en mi mirada- teje, y es sorda.

Permalink Dejar un comentario

Mirmecología

junio 12, 2008 at 6:14 am (Historias)

Ayer amanecí en un mundo no del todo conexo con la habitual realidad; aunque no puedo asegurar totalmente que así fue, pues dada la casualidad, ayer amanecí en un mundo no del todo conexo a los recuerdos. Quizá fue por eso mismo que sentía en automático y contemplaba el mundo con cotidiana naturalidad: El cuadro de los dinosaurios pastando en el surrealismo de un mundo sin horizontes bajo un sol inverosímil; millones de hormigas reptando las paredes de la casa como el color del entorno, lograban la solidez de las barreras.
Nada parecía producto de la abstracción, todo parecía bastante normal. Me sentaba a comer peras con cuchillo, bajo una mañana totalmente vacía, parecía como si siempre la ventana atisbara la niebla. Pero estábamos tranquilos, yo, sentado frente a la mesa en disposición de ingerir las peras que se posaban en la mesa y mi madre, vertiendo en un jarrón los restos de mi hermano menor.
Mi hermano menor, jamás lo conocí, pues como admití en un principio, ayer carecía de recuerdos. Así que sólo me pude abrir paso a la imaginación y lo amé, amé a mi querido hermano. Quizá juntos dibujamos los dinosaurios del cuadro que cuelga en la pared del comedor, posiblemente comimos peras utilizando sólo un cuchillo, como buenos ciudadanos. Y sin duda alguna vimos juntos la niebla disipar la existencia nuestra familia y nuestras esperanzas. Y ahora nuestra vida lucía lánguida, sin lujo de detalles, sólo esas hormigas reptando los muros me supieron a color, ellas eran las únicas que me hablaban acerca de la veracidad de un pasado, sin ellas susurrándonos la inmutable realidad seríamos salvajes en el tiempo, sin ellas sobre el muro de seguro no sabríamos que el muro es muro y no niebla.
Aunque no recordaba cuanto, sabía que ya habrían pasado muchos años de automatización y este mundo que veía, era lo único que tenía.
Desee fervientemente que mi hermano estuviera aquí, ya mis padres sólo hablaban en silencio y perdían la cordura. No sabría desde cuando, pero ya estaba harto.
Ayer, mi madre no comió sus peras con cuchillo, ese gesto me pareció totalmente réprobo, todo mundo sabe que las peras deben comerse con cuchillo y no con cuchara, así que empecé a sospechar. Cuando la vi verter los restos de mi hermano no me extrañó, es lo que toda madre debe hacer, pero al contemplarla comer las peras de una forma que atentaba contra la moral, supe la verdad: se comería a mi hermano.
No podía permitir que él desapareciera de esta breve lucidez, tenía que salvarlo de algún modo. Seguí cuidadosamente los pasos de mi madre y encontré una excelente oportunidad para mi empeño. Vi como mi madre colocaba el frasco con los restos de mi hermano menor sobre la alacena, posiblemente iría a posar más hormigas en el muro y guardaría el apetito para más tarde. Fue entonces cuando sugerí a mi madre que fuera a recorrer lo insólito y enigmático de la neblina, pero dijo que prefería ir a “Poste” , el lugar de reabastecimiento de peras. Yo dudaba su existencia, pues la niebla que rodeaba la casa parecía no describir nada además de nosotros, pero mi madre salió. Me dispuse a alcanzar el tarro que contenía mi hermano, así que me aseguré primero que mi padre no se percataría. Abrí la puerta de su cuarto, que como en toda casa de buenos ciudadanos, se encontraba al lado de la alacena. Mi padre leía un libro de mirmecología, tan absorto estaba en su lectura que no encontré obstáculos para conseguir una silla y un banco para alcanzar el tarro.
Ayer amanecí en un mundo no conexo a los recuerdos y en mis saberes automatizados no estaba el concepto de equilibrio, caí de la silla al intentar alcanzar a mi hermano. Amanecí en un mundo no del todo conexo a la realidad, mi madre no comió sus peras con cuchillo y yo jamás había tenido un hermano.
Mi padre abrió la puerta interrumpido por el ruido de mi caída, y al encontrarme en el suelo me dijo: “es hora de comer”.

Permalink Dejar un comentario

Un crepúsculo sobre ellos

febrero 25, 2008 at 7:05 am (Historias)

¡Maldición!- le parecía como si el viento mismo lo señalase a la horca-. Maldición.

En ningún rincón de la ciudad lograba sentirse seguro para debatir con las promesas, desquebrajadas, de sacudirse la resignación como sudor en su frente.
Los ecos remitían sombras, y él sólo buscaba respuestas.

Recuerda. Tus manos. Un crepúsculo sobre ellos –le decía un eco-.

Pero nada se tornaba claro en los recuerdos. Como si no existiese realmente un pasado, sólo un temor que lo acompañaba a lo largo del presente.
Dudaba también que existiesen minutos, años, que se ocupasen de designar la impresión de un prolongado periodo. No había necesidad de impresionar a nadie. Él sólo sabía que estaba cansado.
Que había corrido por las callejuelas huyendo de la culpabilidad, la veía materializarse en el asfalto, por eso corría.
Él sólo sabía que los había matado.

¿Me escuchas?, recuerda. Tus manos. El crepúsculo sobre ellos –Soplaban las sombras-.

Maldita era la razón que le había llevado a asesinarlos. Maldita sería –pensaba-. Si existiese alguna.
La vida que se refiere a la muerte es muy distinta a la muerte que se refiere a la vida. En el primer caso, el preludio de una metamorfosis le haría una reverencia agradeciéndole como a buen destino.
Se paraba, tomaba aire, justificándose con esos pensamientos hasta que los ecos volvían a atemorizarle haciéndole buscar respuestas en donde no había preguntas que formular.

Ni siquiera habían gritado, ¿qué habrían de gritar si no tenían nombre?, ellos, bajo el crepúsculo, seguían latiendo dentro de los calabozos en un corazón exaltado por la libertad.
Pero cada palpitar justificaba los pasos hacia la libertad por resignación y el pasado sólo dormitaba cuando la vida dormía.

Olvida. Sólo corre detrás del regreso. La noche sobre el pasado y un partir sin estrellas–Decían con voz clara, sus pensamientos-.

Permalink Dejar un comentario

Palabras

octubre 29, 2007 at 2:16 am (Historias)

“Me mató, no era una cuestión que desconciera ella, ambos coincidíamos en que estaba muerto. Pero ella ignoraba que lo había hecho mucho antes de haber arrebatado la vida a los demás.

Desde que el mundo se disolvió en esta falacia alimentada de futuro, supe que debía llorar primero la muerte de todos antes de ofrecer la afabilidad de un padre.

Cuando la conocí, reconocí el mismo brillo ausente en sus ojos que sugestionaban la rojez del llanto fúnebre. Supe que era ella a la que debería amar. Pero ella había reído antes del llanto, lo que le daba una gran ventaja sobre todos nosotros.

Era triste pensar que estábamos vivos, cuando después de todo, era su historia. Es triste saber que me ha matado.

Después de esto, sé que no existe el destino, pues ha ganado, su firma se esparce en cada rincón de su universo, en donde palpita en mí.

Sin embargo, aunque estoy muerto, ahora mismo veo su cuerpo inherte ser acariciado por el viento y sé que fue mía.

-Ya no hay recuerdos de mí, pero puedo jurarte, Amanda, que vivo. Fuera de tí, estoy vivo, fuera de tí.-.

Puedo trazar el contorno de adjetivos necesarios para crearla, pero no quiero hacerlo, pues entonces tendría que vestirme de palabras. Y ahora que la pluma es mía, tengo todo lo que necesito.

Así que no me queda más que pensar en ella, como quién tararea un himno sin bandera ni gloria, en horas lánguidas de una noche sin sombras.”

Permalink 4 comentarios

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.