Mirmecología
Ayer amanecí en un mundo no del todo conexo con la habitual realidad; aunque no puedo asegurar totalmente que así fue, pues dada la casualidad, ayer amanecí en un mundo no del todo conexo a los recuerdos. Quizá fue por eso mismo que sentía en automático y contemplaba el mundo con cotidiana naturalidad: El cuadro de los dinosaurios pastando en el surrealismo de un mundo sin horizontes bajo un sol inverosímil; millones de hormigas reptando las paredes de la casa como el color del entorno, lograban la solidez de las barreras.
Nada parecía producto de la abstracción, todo parecía bastante normal. Me sentaba a comer peras con cuchillo, bajo una mañana totalmente vacía, parecía como si siempre la ventana atisbara la niebla. Pero estábamos tranquilos, yo, sentado frente a la mesa en disposición de ingerir las peras que se posaban en la mesa y mi madre, vertiendo en un jarrón los restos de mi hermano menor.
Mi hermano menor, jamás lo conocí, pues como admití en un principio, ayer carecía de recuerdos. Así que sólo me pude abrir paso a la imaginación y lo amé, amé a mi querido hermano. Quizá juntos dibujamos los dinosaurios del cuadro que cuelga en la pared del comedor, posiblemente comimos peras utilizando sólo un cuchillo, como buenos ciudadanos. Y sin duda alguna vimos juntos la niebla disipar la existencia nuestra familia y nuestras esperanzas. Y ahora nuestra vida lucía lánguida, sin lujo de detalles, sólo esas hormigas reptando los muros me supieron a color, ellas eran las únicas que me hablaban acerca de la veracidad de un pasado, sin ellas susurrándonos la inmutable realidad seríamos salvajes en el tiempo, sin ellas sobre el muro de seguro no sabríamos que el muro es muro y no niebla.
Aunque no recordaba cuanto, sabía que ya habrían pasado muchos años de automatización y este mundo que veía, era lo único que tenía.
Desee fervientemente que mi hermano estuviera aquí, ya mis padres sólo hablaban en silencio y perdían la cordura. No sabría desde cuando, pero ya estaba harto.
Ayer, mi madre no comió sus peras con cuchillo, ese gesto me pareció totalmente réprobo, todo mundo sabe que las peras deben comerse con cuchillo y no con cuchara, así que empecé a sospechar. Cuando la vi verter los restos de mi hermano no me extrañó, es lo que toda madre debe hacer, pero al contemplarla comer las peras de una forma que atentaba contra la moral, supe la verdad: se comería a mi hermano.
No podía permitir que él desapareciera de esta breve lucidez, tenía que salvarlo de algún modo. Seguí cuidadosamente los pasos de mi madre y encontré una excelente oportunidad para mi empeño. Vi como mi madre colocaba el frasco con los restos de mi hermano menor sobre la alacena, posiblemente iría a posar más hormigas en el muro y guardaría el apetito para más tarde. Fue entonces cuando sugerí a mi madre que fuera a recorrer lo insólito y enigmático de la neblina, pero dijo que prefería ir a “Poste” , el lugar de reabastecimiento de peras. Yo dudaba su existencia, pues la niebla que rodeaba la casa parecía no describir nada además de nosotros, pero mi madre salió. Me dispuse a alcanzar el tarro que contenía mi hermano, así que me aseguré primero que mi padre no se percataría. Abrí la puerta de su cuarto, que como en toda casa de buenos ciudadanos, se encontraba al lado de la alacena. Mi padre leía un libro de mirmecología, tan absorto estaba en su lectura que no encontré obstáculos para conseguir una silla y un banco para alcanzar el tarro.
Ayer amanecí en un mundo no conexo a los recuerdos y en mis saberes automatizados no estaba el concepto de equilibrio, caí de la silla al intentar alcanzar a mi hermano. Amanecí en un mundo no del todo conexo a la realidad, mi madre no comió sus peras con cuchillo y yo jamás había tenido un hermano.
Mi padre abrió la puerta interrumpido por el ruido de mi caída, y al encontrarme en el suelo me dijo: “es hora de comer”.